Nurgo el Fergón pelaba cráneos en sus horas libres. Lo hacía por diversión, pues tenía muchos esclavos que lo podían hacer por él. Además se tomaba demasiado tiempo contemplándolos como para terminar él solo las largas filas de huesos que adornaban su palacio de Shidizaar. En los oscuros tiempos de la Horda Roja, durante el cruel reinado de Mestroo el Implacable, Nurgo había sido un aprendiz de Fergón, joven ambicioso que contemplaba impasible el exterminio de los pueblos sometidos a su voluntad. Ahora que el viento se había llevado los gritos de los sacrificados, los lamentos de las víctimas, y había retrocedido hasta desaparecer la marea de violencia y muerte del Rey Mestroo, el crujir de huesos rotos sonaba lejano, hasta carente de contenido. Así, Nurgo el Fergón tenía tiempo para reflexionar sobre los acontecimientos del pasado...
En el albor de los tiempos de la Luna Carmesí, tras el tercer eclipse, la Horda Roja apareció en las tierras de Vuund. Valles prósperos y densamente poblados, fueron el objeto de la rapiña destructora de los hombres salvajes de Crúnor. Llevando consigo el funesto culto a la diosa Ketra, la Horda saqueó e incendió campos y ciudades, aldeas y pueblos, esclavizando y sacrificando a quienes hallaba en su camino. Cuantos intentos hicieron los desgraciados para enfrentárseles terminaron en fracaso, y el destino que les aguardaba era la muerte tras espantosas torturas y mutilaciones. Blandiendo sus mazas de guerra, teñidas en sangre de mil batallas, los carniceros de Crúnor se lanzaban contra las desmoralizadas huestes que pretendían una inútil y tardía defensa de los valles que habían sido su hogar por milenios. Tomadas todas las tierras de Vuund, el sanguinario Crúnor mandó erigir pirámides para los sacrificios humanos y, en ellas, fueron inmolados cientos de esclavos y cautivos cada amanecer y cada puesta de Sol. Ketra exigía su sangre, y los cuerpos eran desprovistos de ella hasta su muerte. En lugares tan desprovistos de otra vida animal que la de hombres y pequeños vertebrados, las proteínas de la carne habían de obtenerse de los cuerpos humanos. Quizá el secreto de la fortaleza de los hombres de la Horda radicaba en su dieta a base de las vísceras de sus víctimas, frente a la delgadez y debilidad de los habitantes autóctonos, a los que despreciaban por sólo comer los productos de la tierra.
Tras la orgía de dolor y sacrificios; tras la marea de sangre y de fuego, finalmente murió Crúnor y, en su lecho de muerte, encargó el dominio de las tierras a un Rey, al aventajado Mestroo. Para celebrar la muerte de su antecesor y su propia ascensión al poder, Mestroo ordenó más sacrificios e intensificar la captura de esclavos para abastecer las rojas pirámides de Ketra. En su furor sanguinario, acabó devorando el corazón y los testículos de Crúnor quien, a su vez, se había alimentado de las vísceras de cientos de otros seres. Con el tiempo, llegó el hastío. Remitió la marea de destrucción y la Horda Roja se extinguió. Tras ella quedaron campos yermos y ciudades en ruinas, y muchos huesos blanqueados al Sol. Fueron quince años de horror y, tras ellos, poco a poco comenzaron a repoblarse los valles que en tiempos habían bullido con el gozo de la existencia.
Lo que quedó en las tierras de Vuund fueron pequeños reinos enfrentados donde el canibalismo de los tiempos de la muerte daba lugar nuevamente al consumo de los productos de la tierra.
Mi interés por la literatura sobre acción primitiva y salvaje viene de muy atrás. Eso sigue siendo así, y apenas he encontrado relatos escritos por otros autores que resuman ideas similares a las que sobre la materia bullen en mi cabeza. Por ello, y porque escribir no me parece una tarea difícil, decidí hace tiempo aplicar algunos recursos a la tarea de representar con palabras precisas esas imágenes que flotan en mi imaginación, muchas de ellas visiones de un mundo de pesadilla en el que los hombres combaten entre sí con crueldad sin límite.