HISTORIAS DE FICCION AERONAUTICA
BATALLAS AEREAS V
por:
José García Pérez
Ingeniero Técnico Aeronáutico
Mayo 1995
BATALLAS AEREAS V
(30 de Mayo 1995)
0.Introducción
Sobre amplias regiones del cielo combatían grandes aeronaves plateadas. Formaciones colosales, compuestas de cientos de bombarderos, surcaban el espacio aéreo de Norte a Sur, para descargar toneladas de explosivos líquidos sobre las fortificaciones subterráneas de los imperios enemigos. Nutrida escolta acompañaba dichas formaciones, para protegerlas de la intercepción de las aeronaves defensoras.
A través de vastos océanos, de innumerables islas, de extensas ciénagas; atravesando la colosal Gran Barrera Ecuatorial de Arrecifes, que impedía la circulación de buques de guerra de un hemisferio al otro; los Continentes Antipodales se enfrentaban diariamente en feroces combates aéreos en que cientos de aeronaves eran derribadas y perdidas sus tripulaciones.
1.El Mundo Dividido
El gran planeta azul, con 18.000 kilómetros de diámetro en el Ecuador, tenía dos grandes masas de tierra en sus polos, el Continente Norte y el Continente Sur. En aquél mundo, las únicas zonas habitables, en razón de la temperatura ambiente y de la radiación y luminosidad de los dos soles, se establecían en los polos opuestos del planeta. Por toda la longitud del Ecuador se distribuían islas, arrecifes y ciénagas en una banda con una anchura de entre 500 y 2.000 kilómetros, conocida como Gran Barrera Ecuatorial de Arrecifes, que impedía toda comunicación marítima entre el Norte y el Sur. En cualquier caso, las temperaturas de las zonas tropicales y ecuatoriales del planeta eran superiores a las que los seres humanos y los shenglees podían soportar, y las radiaciones y la luminosidad compuesta de los dos soles eran tan intensas que no podían soportarse por más tiempo de unas horas sin que produjeran la muerte. Sólo seres muy resistentes, crustáceos, insectos y otros artrópodos, y plantas exóticas podían sobrevivir en ambientes tan cálidos y ponzoñosos.
La guerra secular que arrastraban las poblaciones humanas y las de los shenglees, que habitaban los dos polos opuestos del planeta, tenía su origen quizá en la diferente visión de las cosas que, durante un tiempo, habían compartido; tal vez la disputa sobre la posesión del mundo era la causa o, más simplemente, la diferencia entre las especies inteligentes. En cualquier caso, la relación entre los polos opuestos se establecía mediante reñidos combates entre las flotas aéreas de los imperios.
Durante milenios de cultura mecánica los shenglees, bípedos antropomorfos de probable origen reptiliano, había ido progresivamente desplazando la tiranía del envoltorio orgánico en favor de cuerpos hidromecánicos, en el interior de los cuales proteger sus cerebros sobrealimentados. Esta progresión les llevó a una expansión física y mental sin precedentes, que acabó por chocar, definitivamente, con los mamíferos humanos del Continente Sur. Los cuerpos metálicos, de partes intercambiables y órganos mecánicos, habilitaban para los shenglees la zona ecuatorial del planeta, lo que los ponía en ventaja respecto de los humanos, que no estaban dispuestos a tolerar la previsible invasión, preludio de la aniquilación de su propia especie.
Los humanos, a su vez, habían desarrollado técnicas depuradas de manipulación genética y selección artificial en función de las características físicas y mentales, lo que había posibilitado la diferenciación funcional entre los individuos. De este modo, los combatientes aeronautas tenían un perfil físico y psicológico especialmente adaptado para la brutal y feroz realidad de los combates aéreos, mientras que los obreros, por el contrario, formaban una homogénea masa cuyo único propósito era el de la producción en cadena.
2.Las Flotas Aéreas
Los shenglees combatían desde enormes bombarderos hexamotores llamados Dundaas II, con destructores de escolta Rexel IV y cazas Maarden V. Los humanos lo hacían desde bombarderos octomotores R-401 turbopropulsados, que llevaban escolta formada por diminutos cazas parásito C-13 albergados en sus bodegas de bombas; las intercepciones las llevaban a cabo desde los potentes H-33 Phalanx, de planta circular y sin alas.
Las técnicas aplicadas por los dos polos opuestos en sus acciones bélicas diferían en multitud de aspectos, pero mantenían una filosofía similar que posibilitaba, increíblemente, el entendimiento para la muerte y la destrucción. Se había establecido un equilibrio industrial y productivo e, incluso, un baremo similar en la proporción de bajas soportable, lo que permitía la prolongación indefinida de las hostilidades.
La mayor diferencia en la concepción tecnológica de las máquinas de guerra aérea se daba en el tipo de planta motriz para las aeronaves, si bien coincidían en la aplicación, mediante hélices, de la potencia de los motores a la propulsión a través del aire. La estructura geodésica de los fuselajes y las alas de las aeronaves del Norte contrastaba con la estructura convencional, a base de cuadernas, largueros y larguerillos, de las aeronaves del Sur. También el armamento se basaba en concepciones diferentes aunque en principios análogos pues, si bien los humanos empleaban cañones de gran calibre y carga de proyección líquida variable y regulable, los shenglees usaban armas multitubo de pequeño calibre y alta cadencia de tiro, con cartuchos de carga sólida. Ciertamente, la estructura interna adoptada para las aeronaves por los irreconciliables bandos estaba relaccionada con el tipo de impactos de proyectil que debían soportar; frente a munición explosiva e incendiaria de gran capacidad, como la empleada por los humanos, la estructura geodésica de las aeronaves shenglees era óptima; frente a munición de fragmentación, con menor carga explosiva e incendiaria pero muchos más fragmentos, era más oportuna la estructura convencional, con puntos fuertes y resistentes (cuadernas y largueros) que soportan las cargas y delgados paneles que son limpiamente atravesados por la metralla sin detrimento alguno para la integridad estructural de la aeronave.
Ambos bandos habían adoptado unas normas no establecidas para distinguirse de sus oponentes, lo que ayudaba a la diferenciación y a la concepción
de que el enemigo era realmente extraño, hostil y execrable.