Muñoz Molina, Antonio:
Sefarad
(una novela de novelas).
Madrid.
Alfaguara. 2001. 603 pp.
comentado por Carmen Herrero
Nació en Úbeda, Jaén, un 10 de enero de 1956, en el
seno de una familia campesina. En su juventud se traslada a estudiar a Madrid,
elige Periodismo, pero abandona esta carrera en 1974 y decide trasladarse a
Granada a estudiar Historia del Arte.
Su vocación de escritor precede de la infancia,
aunque al principio lo único que consigue es publicar artículos periodísticos
que acaban formando su primer libro El Robinson Urbano, publicado en
1984. En 1986 gana el Premio Ícaro de Literatura, concedido por Diario 16 a los
nuevos creadores, con su novela Beatus
Ille. Su segunda novela, El invierno en Lisboa, obtiene en 1988 el
Premio Nacional de Literatura en narrativa y el Premio de la Crítica. En 1989
publica Las otras vidas, recopilación de relatos publicados por
separado, y Beltenebros, su tercera novela. En 1991 publica Córdoba
de los Omeyas, libro a medio camino entre la creación literaria y la guía
de viajes, y El jinete polaco, con la que ganó la cuadragésima edición
del Premio Planeta y, al año siguiente, el Premio Nacional de Narrativa. En
1994 escribe El dueño del secreto, obra a mitad camino entre el relato y
la novela corta. En 1995 presenta Ardor guerrero, una obra con toques
autobiográficos que detalla el panorama de la juventud española que cumplía el
servicio militar durante la transición democrática. En 1995 obtiene el sillón
‘u’ (minúscula) de la Real de la Lengua Española que ocupa, siendo el miembro
más joven, el 16 de junio de 1996 con un discurso dedicado al escritor Max Aub,
muerto en el exilio en México. En 1996 publica el libro La Huerta del Edén,
que recoge sus artículos periodísticos de tema andaluz. En 1997 publica una
nueva novela, Plenilunio, historia de una investigación policíaca. En
1999 publica Carlota Fainberg, una historia de amor y desamor crítica e
irónica.
A veces, en el curso de un
viaje, se escuchan y se cuentan historias de viajes. Parece que al partir el
recuerdo de viaje anteriores se vuelve más vivo, y también que uno escucha y
agradece más las historias que le cuentan, paréntesis de valiosas palabras en
el interior del otro paréntesis temporal del viaje. Quien viaja puede
permanecer en un silencio que será misterioso para los desconocidos que se
fijen en él o ceder sin peligro a la tentación de conversar y de volverse
embustero, de mejorar un episodio de su vida al contárselo a alguien a quien no
verá nunca más. No creo que sea verdad eso que dicen, que al viajar uno pueda
convertirse en otro: lo que sucede es que uno se aligera de sí mismo, de sus
obligaciones y de su pasado, igual que reduce todo lo que posee a las pocas
cosas necesarias para su equipaje. La parte más onerosa de nuestra identidad se
sostiene sobre lo que los demás saben o piensan de nosotros (…). Nos miran y no
sabemos a quién pueden estar viendo en nosotros, qué inventan o deciden que
somos. Para quien se encuentra contigo en el tren de un país extranjero no eres
más que un desconocido que sólo existe circunscrito al presente. Una mujer y un
hombre se miran con una punzada de intriga y deseo al acomodarse el uno frente
al otro en un tren (...). Un hombre flaco y serio, de pelo corto y muy negro,
de ojos grandes y oscuros, sube al tren en la estación de Praga y tal vez
procura no cruzar su mirada con la de los otros pasajeros que van entrando en
el mismo vagón, alguno de los cuales lo examina con recelo y decide que debe de
ser judío. (…)
Como
su nombre indica, Sefarad no es una novela, sino una multitud de novelas
cuyos hilos se cruzan y entrelazan sin cesar. Una serie de vidas (muchas de
ellas reales) que nos saltan al paso a lo largo de los diecisiete capítulos en
que está dividido el libro para contarnos su historia de desarraigo, de
persecución o exilio.
Muchas de esas historias tienen una raíz común: el éxodo. Desde los menos traumáticos: de una ciudad a otra por causa del trabajo; hasta los provocados por los conflictos bélicos o por las persecuciones generadas en ellos. Pero todas están marcadas por el desarraigo que sufren sus protagonistas. Es un sentimiento de extrañeza bien hacia el nuevo lugar que habitan, bien hacia una situación que les convierte en algo distinto que les aparta de la sociedad. En el primer caso están las historias de los emigrantes de poblaciones pequeñas a otras más grandes y que mantienen vivas las tradiciones de sus lugares de origen en sus nuevos ambientes, buscando cualquier pretexto (la fiesta del pueblo, las vacaciones, etc.) para regresar y revivir por unos días el tiempo irrecuperable de la nostalgia. En el segundo caso los acontecimientos están fuera del control del personaje y se presentan con la fuerza arrolladora de lo impensable: una persona sana se convierte en una persona a punto de morir tras una visita al médico, un servidor fiel del régimen soviético se convierte en un traidor de la noche a la mañana, una persona amante de su país se convierte en un enemigo del mismo por el simple hecho de pertenecer a una familia judía, etc. También hay historias de los que, mucho tiempo más tarde, volvieron al lugar de donde escaparon para encontrar que nunca más podrán sentirme cómodos entre los vecinos que, tal vez incluso, les denunciaron; de aquellos que fueron a visitar los campos de concentración en los que murieron la mayoría de sus familiares; de aquellos que, de repente y sin motivo aparente, en un lugar cualquiera se sienten intrusos y fuera de lugar.
Es una novela individual y colectiva a un tiempo, un viaje de destierro que usa el tren como lugar mágico o terrible en el que todo puede pasar: desde el encuentro apasionado de dos desconocidos que marcará el resto de la vida del que, vez tras vez, narra la historia a cada nuevo amigo, hasta el viaje hacia la muerte cierta que les aguarda en el campo de exterminio a los viajeros hacinados en sus vagones. Un tren en el que los viajeros son los perseguidores de un sueño imposible y los perseguidos por una pesadilla abominable.
Primo Levi, Kafka, Milena Jesenska, Heinz y Margaret Neumann, Victor Klemperer, Jean Améry, Nadiezhda Mandelstam, Evgenia Ginzburg, Willi Münzenberg, Walter Benjamin, son algunos de los personajes de carne y hueso que aparecen en esta novela, muchos de ellos víctimas del fascismo hitleriano, del totalitarismo soviético y de la dictadura franquista. Sus historias se mezclan con las de otros menos conocidos y con las inventadas por Muñoz Molina, quien, al final del libro, ofrece una “Nota de lecturas” para aquellos que quieran profundizar en esas vidas desgarradas por los acontecimientos.