Zurich bar, “mon amourr'

Lázaro Covadlo[*]

 

Hace diez años y catorce días el fuego devoró el Liceo de Barcelona.Yo estaba en la plaza Catalunya, y como en la canción de Armando Manzanero, vi gente correr. Desde la dirección del mar subía el humo y al mismo tiempo subían al cielo las exclamaciones de espanto: uno de los más importantes símbolos de la ciudad estaba ardiendo. Sucedió el 31 de enero de 1994. Muchos ya han olvidado la tragedia, sobre todo porque el Liceo ha renacido de sus cenizas (dejemos a un lado las previsibles relaciones con el ave cuyo nombre sirve de rótulo a una compañía de seguros). Yo tampoco recuerdo si aquel día fui o no a tomar mi café de la tarde al bar Zurich. Ni siquiera me acuerdo de si por entonces el Zurich estaba en pie o ya había caído bajo el gran martillo que hizo polvo la manzana en la que ahora está el FNAC, las sucursales de grandes tiendas, y, de nuevo, el bar Zurich, también renacido de sus cenizas, como esa ave mitológica que me resisto a nombrar.

Siempre hay quienes dicen que la plaza Catalunya dista de ser un bello lugar. Lo sea o no, es el corazón de Barcelona. Al menos lo es para un servidor, porque para todos nosotros el núcleo central de cualquier territorio no es el sitio que nos quieren imponer, sino aquel desde cuyo emplazamiento tendemos la mirada hacia el futuro. También lo es el espacio sobre el que convergen mayor número de recuerdos en relación con una época o un país.Así las cosas, tengo que decir que el día que llegué por segunda vez a estos pagos (hablo del año 1975), abordé Cataluña con mi mochila a la espalda desde la plaza que lleva tal nombre. Bien, no exactamente, pues para ser rigurosos he de precisar que bajé en el apeadero de paseo de Gràcia y subí a la calle para ir a dar a la arteria homónima, pero diez minutos más tarde ya estaba en la plaza Catalunya. Entonces crucé hasta la acera del Zurich, me senté a una mesa, pedí un café, y después del primer sorbo comencé a trazar mis planes de conquista. (¡Vaya conquista!).

Hablemos del Zurich, que ahora tiene un aspecto muy diferente al de aquellos tiempos, pero sigue siendo el mismo. Sí, hablemos del entrañable bar Zurich, que me proporcionó algunos ligues y una cantidad aún mayor de calabazas. Yo lo conocí 20 años antes de la fecha en que vine a quedarme para siempre (¿para siempre?), porque en noviembre de 1955 bajé por unas horas del trasatlántico Bretagne (que el día siguiente arribaría a Marsella, donde desembarqué) y llevado por referencias ambiguas empecé a buscar putas en el barrio chino. Entiéndame, por favor: tenía 18 años y a la sazón no había probado ese ángulo de la vida (ni muchos otros, pero el sexo entonces era para mí una asignatura pendiente). Por una módica retribución un cicerone me condujo a cierto tugurio que respondía al nombre de Club La Estrella, donde me tomó a su cargo una gordita cuarentona que decía llamarse Conxa. Era muy simpática, pero igualmente la experiencia fue un fracaso. Salí una hora después y fui a parar al Zurich. Esa fue la primera vez (que estuve en el bar Zurich, quiero decir).

Como parroquiano fiel, una o dos veces por mes me siento en la acera del Zurich y contemplo el panorama del pasado. Me pregunto si el sitio en que está emplazada la mesa sobre la que me han servido el café habría sido cruzado por alguna de las balas que intercambiaban los miembros de POUM con los esbirros de Stalin, en aquel lejano mayo de 1937. También recuerdo algún suceso más cercano en el tiempo, como el asalto a la sede del Banco Central.Hubo mucho revuelo, y, casualmente, también ese día tomaba café sentado a una mesa de la acera.

Ha visto pasar mucha historia el bar Zurich, que fue establecido como cantina de los ferrocarriles a principios del siglo pasado.Lo fundó el padre del hoy octogenario Andrés Valdeperas, su dueño actual. Lo regentan los nietos del fundador. Si observan las paredes verán un cartel enmarcado en el que dice que «A partir de L' 1 de gener tornem als cèntims» Es del año 1920. Una tarifa de 1937 establece el precio del café en una peseta con cincuenta (taula) y una peseta (taulell). El Pernod es la bebida más cara: ocho pesetas. La tabla de precios lleva el sello del Control Obrer UGT-CNT. Pero la tarifa de 1941 pone el precio del café a 60 céntimos, aunque se le agregan otros 15 en concepto de «subsidio para los combatientes». Ahora el sello es el del Gobernador Civil (con el fascismo hemos topado).

Sentarme a una mesa del Zurich (mejor en la acera), qué quieren que les diga, me hace viajar en el tiempo.

 

               

 

     

 

 



[*] Artículo publicado en “El Mundo” de Catalunya