¿Quién iba a decir que los alfileres servían para algo más que marcar por donde debe ir el bajo del pantalón? ¿O que los cuchillos tienen más utilidad que para defenderte de tu novio celoso? Pues ya vereis ahora la cantidad de "usos" que se le pueden dar a esta clase de utensilios, ya vereis, ya vereis...
Llevar clavado en la chaqueta o en el pantalón un alfiler da buena suerte al jugador y el que quita el primer alfiler del velo de una novia se casará pronto.
Para hacer desaparecer las verrugas, hay que tocarlas nueve veces con alfiler nuevo y después tirarlo por encima del hombro izquierdo, o bien poner en tierra un alfiler y esperar a que se oxide. Entonces la verruga desaparece.
Si al andar por casa se ve un alfiler en el suelo, no hay que recogerlo en el caso de que su punta se dirija hacia uno, porque da mala suerte. Cuando es la cabeza del alfiler la que nos apunta, la buena suerte nos sonreirá.
En Toledo las muchachas encuentran novio si echan alfileres a la Virgen. Se cuenta que una hermosa muchacha toledana tenía amores con un galán. Los padres de él, que no veían con buenos ojos el noviazgo, lo mandaron a Italia. Al principio, la novia recibía carta de él diariamente, y después las cartas se fueron espaciando hasta que al final se interrumpieron. La muchacha, desconsolada, iba todas las tardes al lugar de la despedida y, al recordar a su amor, le entraba tal congoja, que se clavaba un alfiler para no caer desmayada. Un día pidió ayuda a la Virgen de los Dolores, que se le apareció con el corazón atravesado por siete espadas. La Virgen le dijo: "Yo también he sufrido. Aguarda". Días después, cuando la doncella iba a clavarse otro alfiler, apareció el novio arrepentido y más amoroso que nunca. Se casaron, fueron muy felices y la Virgen de los Alfileritos se convirtió en la patrona de los enamorados de Toledo. Al principio, el rito, cuyo propósito era hacer volver al redil un novio díscolo, consistía en que la moza se clavara un alfiler y lo echara en la hornacina de la Virgen a lo largo de mil días. Transcurrido ese tiempo, el novio volvía milagrosamente a los brazos de su amada. La costumbre se fue degradando con el tiempo, las mozas dejaron de pincharse con los alfileres y el plazo se redujo a unos cuantos días.
Además se incorporaron al rito las muchachas que buscaban novio. El alfiler permite elegir las características del novio a gusto de las peticionarias: un alfiler con cabeza blanca si los prefieren rubios; con cabeza negra si quieren que sea moreno, largo si quieren que sea alto y fornido, y corto si lo prefieren bajito pero saleroso.
Como en todos los objetos con punta, hay que pinchar levemente al que recibe un alfiler para que no se pierda la amistad. Si se ponen alfileres en los zapatos y se pisan al andar, se olvidan los amores desgraciados. Una de las formas de convertirse en bruja era recibir de otra un objeto, que solía ser un alfiletero.
De un regreso de un funeral, hay que clavar un alfiler en la puerta por la que se ha sacado el cadaver para protegerse del diablo. Durante mucho tiempo se creyó también que para que un difunto no viniera a turbar a los vivos, había que prenderle un alfiler en el sudario. Ese alfiler tenía el poder de proteger contra el miedo, pero si se usaba para trabajos de costura, atraía a la huesuda con su guadaña.
Siempre hay que cobrar un precio simbólico cuando se regala un objeto que lleve incorporado un alfiler, de este modo se contrarresta la mala suerte.
Los alfileres son una protección eficaz contra las brujas cuando están pinchadas en las jambas de las puertas o metidas en una botella escondida bajo el umbral.
Existe una tradición muy extendida de echar alfileres a los pozos de las fuentes al mismo tiempo que se pide un deseo. A veces se pinchan también las imágenes de los santos a los que se pide su intercesión.
La corona de la novia iba fijada con una serie de alfileres, que al final de la boda eran distribuidas entre las solteras y permitían que contrajeran matrimonio durante ese año.
En un barco, nadie puede llevar un alfiler porque su presencia provoca una vía de agua o desgarra las redes de pesca.
En la festividad de San Antonio de Padua (13 de Junio), las jóvenes casaderas y creyentes han de ir a la iglesia y cambiar un alfiler nuevo por otro clavado entre las ropas del santo para encontrar marido en el plazo de un año.
Encontrar un clavo en el camino da buena suerte. Hay que recogerlo y conservarlo. Como todo objeto puntiagudo, contrarresta las fuerzas maléficas y los malos espíritus. Se puede llevar como amuleto en el bolsillo derecho o clavarlo en el marco de la puerta de la cocina, del lado de la cerradura a la altura de los ojos, observando el rito siguiente: se da un primer golpe de martillo mientras se dice: "Un martillazo para la salud, un martillazo para el amor, un martillazo para el dinero".
En la antigua Roma, en los idus de septiembre, el más alto magistrado del estado metía un clao llamado clavo annalis en la pared lateral del templo de Júpiter Capitolino. Este rito servía para poner fin a calamidades, para neutralizar encantamientos y sortilegios, y predeterminar buenos auspicios para el siguiente.
Ya en la edad Media, los clavos fijados en la puertas de las casas protegían a sus habitantes y a los animales domésticos. Colocados en las puertas de las habitaciones, impedían las pesadillas, sobre todo los clavos procedentes de un ataúd.
Un clavo, cuanto más herrumbroso, mejor protege.
Con ayuda de los clavos se puede hacer también un encantamiento amoroso. Para lograr el amor de una persona, hay que derramar en el vestíbulo de su casa un frasco de aceite en el que haya metido un puñado de sal y tres clavos de hierro atados con un hilo de seda. Si la persona pisa los clavos al entrar, se obtendrá el resultado deseado.
Los clavos eran muy empeados para curar enfermedades y mitigar dolores. Se escribían en un papel el mal que se padecía, se pasaba la nota por la parte del cuepo afectada y con unos clavos se fijaba a una pared o a un tronco de árbol. Con esta operación se traspasaba el mal del enfermo al papel y del papel, al ladrillo o a la madera.
Da mala suerte regalar cuchillos, como cualquier otro objeto importante, porque quiebran la amistad. Para contrarrestar este efecto, hay que cortar una moneda a cambio o pinchar ligeramente a la persona que lo recibe.
El cuchillo, que es un objeto de uso corriente, es asimismo un instrumento de poder. Regalarlo significa algo de poder, a menos que el cuchillo se compre por una moneda, que pasa a tener valor de talismán.
Ver o poner dos cuchillos cruzados es de mal augurio. Sin embargo, en pueblos de la provincia de cuenca, cuando hay tormenta, se deben poner dos cuchillos en forma de cruz, para protegerse del rayo.
El cuchillo protege de las brujas y de los malos espíritus, propiedad que debe seguramente a la materia de que estaban hechos antiguamente: el hierro. Así, conviene, clavar un cuchillo en la puerta de casa, dejar dos cuchillos en cruz en el umbral de la puerta o esconder uno bajo el alfeízar de la ventana.
En la mesa, no hay que cruzar sobre el plato el cuchillo y el tenedor porque presagia desgracias ni dejar dos cuchillos cruzados. Es nefasto hacer girar un cuchillo sobre la mesa, porque cuando se detiene, señala con su punata a a primera persona que va a morir de todos los comensales. Tampoco debe dejarse sobre la mesa un cuchillo con el filo hacia arriba.
Se dice que los cuchillos atraen el rayo, por lo que hay que esconderlos cuando hay tormenta.
Jamás se debe pinchar o cortar el pan con un cuchillo sin antes haber hecho el signo de la cruz.
Si un cuchillo se cae al suelo, significa que aparecerá una visita inoportuna que traerá mala suerte o la ruptura de la amistad. Encontrar un cuchillo es un mal presagio.
El cuchillo que hiere a una persona puede herir más gravemente a la misma o a otra, a menos que se tomen preauciones: hay ponerle una venda o volverlo a afilar.
En las evocaciones al demonio, se utiliza un cuchillo con hoja de acero para trazar los círculos mágicos que protegen al hechicero.
Unas tijeras que descuidadamente han quedado apuntando a una persona indican que si ésta es una persona soltera, nunca va a casarse, y si es casada, que será objeto de infidelidad.
En cualquier caso, cuando unas tijeras caen al suelo, la persona a la que dirigen su punta está siendo señalada como víctima de un mal o desgracia inmediata.
Tradicionalmente las tijeras son atributo de Átropos, una de las tres Parcas (romanas) o Moiras (griegas), encargada de cortar el hilo de la vida.
Nunca se deben regalar tijeras, salvo que se de a cambio una moneda o se pinche previamente, de forma inocua, a la persona que es destinataria del regalo.
Pese a ser un elemento maléfico, las tijeras gozan, como otros utensilios, de una función dual y pueden servir en algunas ocasiones para cortar las energías negativas. Desde esa condición conjuran al mal de ojo y abiertas en cruz junto a una puerta, impiden la entrada de las brujas.
Es práctica habitual en la España meridional colocar unas tijeras junto al lecho de una mujer embarazada para aliviar los dolores propios del alumbramiento. Éstas han de formar, con ambas cuchillas, la forma de cruz.